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La cadena híbrida de valor

Publicado el 11/06/2018

La cadena híbrida de valor

¿Sabíais que un 1% de la población mundial tiene Trastorno del Espectro Autista (TEA)? ¿Quién sabe que el 10% de la población masculina es daltónica, lo que se traduce en 350 millones de personas en todo el mundo? Podría casi asegurarse que nadie.

Lo que seguro que tampoco sabes es que la empresa SAP tiene como objetivo estratégico que el 1% de su plantilla en 2020, -traducido esto en unos 650 empleados-, lo compongan personas con TEA.

Y siguiendo con la lista de pendientes, está el proyecto trasgresor de Coloradd, que ha creado un código para que las personas daltónicas distingan los colores y mejoren así su calidad de vida, en un mundo en el que el 90% de la comunicación es en color.

El mensaje está claro: el futuro lo liderarán las empresas que entiendan su entorno para transformarlo, buscando retos que aúnen un compromiso con la sociedad con los resultados económicos. Esto ya lo mencionan los expertos bajo el concepto ‘Cadena híbrida de valor’, o lo que es lo mismo, esa alianza de la empresa tradicional y el tercer sector de emprendedores sociales.

El antes y después de la RSC

Esta realidad marca un antes y un después para las empresas y su forma de exponerse.

Antes esperábamos que la estrategia de una compañía fuera lo más coherente posible con su programa (si lo tuviera) de Responsabilidad Social Corporativa (RSC), alimentando a través de la comunicación la construcción de una marca comprometida, sostenible y preocupada (en definitiva) por mejorar el entorno en el que opera.

Ahora la conversación va hacia un nivel superior. Nuestra labor como comunicadores pasa a entender e interiorizar cómo el papel de la RSC va a dejar de ser una herramienta con la que se construye marca e imagen, para ser entendida como la base sobre la que se sustenta un negocio.

Las corporaciones dejarán así de elegir o no tener un programa de RSC, siendo distintivas las que lo tienen, para que la diferencia pase a ser cómo interiorizan este deber con el mundo y cómo lo integran en la realidad de sus operaciones. Pero, ¿y eso cómo se hace?

Hay que ponerse gafas

Lo primero que se pasa por la cabeza es: “buenas las intenciones, imposible llevarlo a la práctica”. El siguiente paso es ponerse gafas. Gafas para ver mejor lo que no resalta a primera vista.

Y es que si bien el 80% de los adultos que tiene TEA no tienen trabajo, su condición les aporta habilidades únicas como la atención por el detalle, la tenacidad, la baja tolerancia al error o competencias visuales.

Esto se tradujo en que SAP, -después de integrar a personas con TEA en sus oficinas de Irlanda, India, Canadá o Estados Unidos-, redujo en un 5% los errores de programación en sus operaciones.

Otro ejemplo, la alianza entre el BBVA y Cáritas Diocesana de Barcelona, por la que el banco cede viviendas vacías de su propiedad para alquiler social a la ONG, que las gestiona para los que más lo necesitan. ¿Resultados? Se han evitado 900 desahucios y el banco se ha ahorrado los gastos asociados de la gestión de estas viviendas.

Se pusieron gafas: revolucionaron sus modelos tradicionales de valores, gestión o liderazgo para generar impacto social desde un modelo sostenible para su empresa. Quizás no estemos en un momento tan avanzado como para integrar el negocio y lo social, pero sí en uno previo que muestra todo lo que perdemos por no ver más allá. Y con ello, pasar de servirnos de la RSC como ‘herramienta de comunicación’, para pasar a convertirlo en el ingrediente estrella de la empresa del futuro.

Noelia Barrientos | Ejecutiva de cuentas en Comunicación Corporativa y Asuntos Públicos

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